EL PIRATA EDUARDO Y LA COL FERMENTADA.

col fermentada

COL-FERMENTADA

Eduardo no se llamaba Eduardo, se llamaba Javier, pero le gustaba hacerse llamar así en honor de Edward Teach el pirata mas conocido de la historia, ese al que todos conocían como Barbanegra.


A Eduardo, un niño mas bien débil y enfermizo, le encantaban las historias de piratas. Se pasaba las tardes en su habitación, solo, con la única compañía de un viejo catalejo que había comprado una mañana en el Rastro. Disfrutaba imaginándose al mando de su Bergantín, poderoso, respetado, muy al contrario de lo que le sucedía en la vida real, tímido, diferente y víctima de las burlas y el acoso de los otros chavales del colegio.
Era un devorador de libros, le fascinaba la época dorada de la piratería. Conocía todos los aspectos relacionados con la vida en un barco, los códigos que regían la vida de los bucaneros y la biografía de los mas afamados filibusteros.

Un día un detalle le cautivó, le inspiro.

Conocía de sobra las carencias que los marineros sufrían por la ausencia de frutas y verduras durante sus largas travesías. Muchos de ellos enfermaban e incluso morían. Pero en ese relato en concreto, se hablaba de un alimento llegado de la antigua china. Una pócima preparada con coles y repollos que eran fermentados y transportados en grandes barriles de madera. Como resultado, se obtenía un producto agrio y lánguido, que se conservaba durante largos periodos de tiempo y que ayudaba a los marineros a permanecer sanos y fuertes. Fueron aquellas dos benditas palabras, sano y fuerte, justo todo lo que el no era. Sintió que lo necesitaba, aquella comida de piratas le aportaría la energía necesaria para plantarle cara a todos esos problemas diarios disfrazados de abusones.
Se empapó todo lo que pudo sobre aquella receta que los antiguos denominaban sauerkraut. Necesitaba poder prepararlo con lo que tenía a su alcance. No disponía de barriles de madera, tendría que bastar con uno de esos botes de cristal que su madre guardaba en la despensa, uno de esos con cierres metálicos y una goma, que permitía cerrarlo de manera hermética. En la nevera no encontró ningún repollo, lo que si había era una pequeña lombarda de esas que su madre estofaba con pasas y manzana, calculó que pesaría unos dos kilos y medio. La corto en finas tiras y la lavo de manera concienzuda. Una vez seca, tal y como había leído, la amasó un buen rato con tres cucharada de sal marina, justo hasta que empezó a desprender un jugo de color morado que tiñó sus manos. Entonces introdujo la col morada en el bote, apretando bien para que no quedara ni una gota de aire. Cuando hubo acabado, termino de rellenar el bote con una salmuera que preparo previamente hirviendo un litro de agua con dos cucharadas grandes de sal. Cerró el bote procurando no dejar ni una gota de aire en su interior, lo subió al desván y lo escondió detrás de un antiguo aparador.

Tres semanas y varios incidentes en el patio de la escuela después decidió subir al desván. Estaba nervioso e impaciente, había depositado muchas esperanzas en aquel bote de cristal y en su contenido. Movió el aparador y lo cogió exactamente del mismo sitio donde lo había dejado, le sudaban las manos, sentía una emoción indescriptible.

Al abrir el bote y sentir aquella fragancia, una lagrima recorrió su mejilla, había sido capaz de transformar aquella col con sus propias manos en algo maravilloso y lleno de magia, se sentía pleno, embargado por una emoción que no lograba entender del todo.

Años mas tarde, al calor de la chimenea, Javier, aquel niño que se hacia llamar Eduardo, ahora con el pelo canoso y arrugas en la piel, sonreía nostálgico mientras recordaba aquella tarde en el desván y todos esos sentimientos que no logró descifrar en aquel momento. Eduardo, el niño, no entendía que lo que acababa de transformar en esas semanas no era una col, que el tarro de cristal no era lo único maravilloso que se abriría esa tarde. Eduardo no entendía que lo que realmente le hacía sudar, temblar y llorar era que ya no necesitaba llamarse Eduardo, que nunca mas tendría que huir de nadie y que ya no necesitaba protegerse detrás de un viejo catalejo.

Javier, ahora si, había encontrado la única y verdadera magia.

Esa que cada uno de nosotros llevamos dentro y espera pacientemente a ser destapada.

Si necesitas encontrar tu magia interior puedo acompañarte.

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